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Cómo evitar el stress vacacional

Aunque sean más que deseados, sucede muchas veces que los días de descanso no consiguen relajar a quienes los disfrutan ya que un elevado porcentaje de personas no logran desconectar durante esos paréntesis de relax que deberían ser las vacaciones. Es así como el periodo vacacional puede llegar a ser agotador para las personas que se llevan en la maleta las tensiones y las obligaciones de la vida cotidiana con el resultado de regresar de vacaciones con más estrés que cuando las comenzaron. Se trata de un padecimiento conocido como estrés vacacional o bajón de las vacaciones, un proceso que de no prevenirse o intervenirse a tiempo, puede ocasionar serios trastornos tanto en la salud física como mental del individuo.

¿Por qué podemos sufrir estrés estando de vacaciones?

La rutina: De entre todas las causas que propician el estrés vacacional destacan los rotundos cambios que en estos periodos experimenta el individuo tanto en su cuerpo como en su mente apartándolo de la seguridad que le confiere la rutina de lo cotidiano. Es decir, al no poder recurrir a los actos repetitivos que durante el año le facilitan sus actividades y tener que improvisar, surge la ansiedad y la angustia con repercusiones en la vida lúdica y de relación.

Inadaptación a las novedades: Algunos perfiles de personalidad muestran predisposición a reaccionar de modo adverso ante ciertas novedades en sus vidas como son: planificar las vacaciones, adaptarse a un cambio de residencia y a destinos desconocidos o interrumpir el nexo que les une con el trabajo cuando existe una dependencia al mismo.

Exceso de tiempo libre: Es muy frecuente que apenas iniciadas las vacaciones, muchos individuos experimenten una inusitada sensación de desorientación y de vacío al comprobar que disponen de todo el tiempo del mundo pero no saben bien como emplearlo, una situación en cierto modo similar al ocio de los recién jubilados que no han previsto para su nuevo estatus un programa de actividades. Hay que considerar que el organismo se acostumbra, durante todo un año, a unos ritmos que bruscamente se ralentizan al llegar las vacaciones, ritmo que se fuerza de nuevo al retomar las actividades normales. Por ello, como medida preventiva, es mejor no hacer parones bruscos de un mes completo sino fraccionar las vacaciones en dos quincenas para que las transiciones, al inicio y al final de las mismas, no sean tan rotundas.

Los que quieren exprimir su tiempo al máximo: En el polo opuesto se encuentran los veraneantes que se imponen planes intensivos que son fuente de estrés por forzar al organismo con madrugones planificando  múltiples actividades como visitar muchos lugares, hacer deportes, aprovechar de realizar proyectos domésticos  en tan sólo una semana.

Para evitar estas agotadoras situaciones habría que programar sólo expectativas ajustadas a unos ritmos de actividad realistas y adecuadas a lo que debería ser un periodo de descanso. Forzar innecesariamente la maquinaria del organismo en vacaciones no es recomendable, pues contemplar hermosos paisajes no con los ojos sino a través del visor de una cámara fotográfica es una actitud que multiplica el estrés y predispone a sufrir una depresión post vacacional cuando el agotamiento dé la cara y el individuo compruebe como sus expectativas y objetivos no han sido cubiertos.

No saber desconectar del trabajo: Otra causa de estrés vacacional acontece en aquellos a quienes les es difícil desconectar del trabajo y pasan parte de las vacaciones pensando en lo que les quedó por hacer, escribiendo y respondiendo a correos electrónicos o bien contestando a llamadas telefónicas de empresa. Esto es algo frecuente en quienes desempeñan cargos de gran responsabilidad, pero también se da en personas con un nivel inferior en el escalafón que se creen imprescindibles e irreemplazables.

“Demasiado tiempo” para estar con la familia: Otro factor causal del estrés vacacional es el esfuerzo que para muchos supone dedicarle más tiempo a las relaciones sociales y familiares por su falta de costumbre para convivir varios días completos con su pareja y sus hijos, una circunstancia que le propicia a iniciar discusiones ante las más mínimas desavenencias.

Emocionalmente, estas situaciones son fuente de estrés por inadaptación a una convivencia que no les resulta habitual y surgen con más intensidad en dos momentos claves del calendario: las fiestas de Navidad (y fin de año) y, sobre todo, al regreso de las vacaciones estivales, dos fechas simbólicas en las que se tiende a hacer planes de enmienda, a abandonar malos hábitos o a abordar un modo de vida más saludable. Consideremos que, tanto las emociones como el sistema inmunológico del organismo humano, se encuentran más expuestos y son más vulnerable cuando se ralentiza el ritmo de vida tal y como sucede en los periodos vacacionales.

Medidas para prevenir el estrés vacacional

Una planificación rígida de las vacaciones con un minucioso programa de actividades para realizar en un tiempo limitado, es una fuente segura de estrés ya que no siempre es posible anticipar los sucesos inesperados que sin duda surgirán.

Muy a pesar de que las vacaciones ideales no existen, o precisamente por ello, debería intentarse que no se conviertan en una pesadilla que agote al organismo en lugar de relajarlo, empeño en el que no ayudan las nuevas tecnologías ni a quienes no saben desconectar ni son capaces de apagar unos días sus celulares  o dejar en casa el notebook.

Con el fin de prevenir el estrés vacacional, se exponen a continuación unas medidas que pueden resultar útiles para evitarlo, así como mejorar la salud física y psicológica durante el período de vacaciones.

No crearse expectativas difíciles de cumplir y marcarse sólo objetivos reales, a nivel personal y familiar, dejando un amplio margen de tolerancia para los imprevistos.

Programar las vacaciones con antelación suficiente ya que, prepararlo todo en el último momento, genera un estrés innecesario que marca negativamente el inicio vacacional. Hay que programar planes flexibles sin imponerse rígidos itinerarios y dejando un margen para el ocio. El “me apetece hacer” debe prevalecer siempre sobre el “debo hacer”.

Es beneficioso, cuando sea posible, tomar periodos fraccionados de vacaciones (máximo dos semanas) y repartirlos en diferentes épocas del año. El descanso que se obtiene es prácticamente el mismo que en periodos largos, pero no así el riesgo de un síndrome post-vacacional (irritabilidad, cansancio, falta de motivación, posible depresión) que es mayor cuanto más duraderas son las vacaciones. Cuando la falta de recursos económicos supone un hándicap, realizar escapadas breves en las que se haga algo distinto a lo habitual, llega a suplir, casi por completo, a unas largas vacaciones.

Si se dispone de tiempo, resulta beneficioso quedarse unos días antes y después de las vacaciones en el propio hogar para adaptarse mejor a los nuevos ritmos.

Es saludable prescindir del reloj y de los horarios, no estar pendiente del correo electrónico ni de las redes sociales y utilizar lo menos posible los teléfonos móviles , las tablets y computadores.

Hay que saber dejar en casa todo aquello que no sea imprescindible o que recuerde a la actividad laboral, tanto la agenda como, incluso, el estilo de ropa que se viste en el trabajo.

Es beneficioso saber delegar tareas y concluir todas las actividades pendientes antes de iniciar las vacaciones. Una vez inmersos en el periodo de descanso, deberá interiorizarse la idea de que nadie es imprescindible.

Durante el periodo vacacional es beneficioso llevar una vida sana: dieta equilibrada, ejercicio físico y no dormir en exceso.